Arturo Castellanos Canales

Era un día como cualquier otro para Susan Reverby, historiadora médica de la Universidad de Wellesley, cuando durante una de sus investigaciones le llamaron la atención algunos documentos del fallecido Dr. John Cutler, quien fuera en vida docente e investigador de aquella institución. Los experimentos del doctor que en aquellas hojas se narraban eran repugnantes, terroríficos, terribles, escalofriantes. La profesora Reverby comprendió que era su deber revelar tales atrocidades.

Fue en el período de 1946 a 1948 cuando un grupo de médicos comandados por el Doctor John Cutler viajó a Guatemala bajo el patrocinio del Servicio Público de Salud de los Estados Unidos. El objeto de la encomienda era descubrir los efectos de la penicilina (la cual tenía apenas 18 años de haber sido descubierta) en pacientes infectados con enfermedades venéreas como sífilis, gonorrea y chancros. Para tal efecto, obtuvieron la autorización de funcionarios guatemaltecos y una vez con los permisos correspondientes echaron manos a la obra.

Nadie podría haberse imaginado lo que estaba por suceder. El Dr. Cutler tomó la decisión de inocular a 1,300 personas guatemaltecas con el virus del sífilis sin su consentimiento, entre las cuales se hallaban soldados, prostitutas, presos, huérfanos y enfermos mentales los cuales le servirían como conejillos de indias para su experimento. De aquellos 1,300 infectados, apenas 700 pacientes fueron posteriormente tratados, dejando alrededor de 600 pacientes sin recibir ninguna especie de atención médica. Una de las historias más aterradoras que se han hecho públicas es la de siete mujeres que sufrían de epilepsia y que fueron inyectadas por debajo de la parte posterior del cráneo con sífilis para analizar los resultados. Otro caso es el de una mujer portadora de sífilis la cual se hallaba en el lecho de muerte a causa de una enfermedad terminal no revelada, a la cual se le contagió deliberadamente con gonorrea en los ojos. Dicha mujer falleció a los seis meses.

Esta historia de ausencia total de escrúpulos y carencia absoluta de ética se hizo pública hace un año, marcando aquel experimento como uno de los episodios más oscuros en la historia médica de los Estados Unidos. Tal fue la indignación del pueblo guatemalteco que Barack Obama se vio obligado a ofrecer personalmente una disculpa a su homólogo centroamericano Álvaro Colom, quien calificara el hecho como un crimen contra la humanidad. Asimismo, el presidente Obama ordenó a la Comisión de Asuntos Bioéticos que realizara una investigación sobre el experimento y rindiera un dictamen al respecto. El resultado de dicha investigación, la cual está por concluir, no se ha dado a conocer pero se estima que de aquellas 1,300 personas inoculadas con enfermedades venéreas, 83 personas fallecieron, siendo aún incierto si su fallecimiento fue a causa del tratamiento. Y ahí no acaba la historia pues a raíz de dichos experimentos, se produjo en Guatemala un brote de enfermedades venéreas en las décadas de los 50 y 60 cuyas secuelas están presentes en los hijos de las víctimas los cuales presentaron enfermedades congénitas como sordera, ceguera y distorsiones óseas, con lo cual se estima que aproximadamente son 2,500 los afectados directos e indirectos por los experimentos del Dr. Cutler.

Estemos pendientes de la resolución que emita la Comisión de Asuntos Bioéticos el próximo mes. Casos así no pueden ni deben repetirse en ningún país. Suponiendo que dicha investigación hubiera arrojado valiosas aportaciones a la medicina y al combate de enfermedades venéreas (lo cual ni siquiera hizo), ¿el fin habría justificado los medios? Estoy seguro de que todos coincidiremos en la respuesta.