NO OLVIDEMOS…

Alejandro Alfonso Galeano

Era un martes 12 de abril de 1977 cuando el ex presidente de México Gustavo Díaz Ordaz comparecía en rueda de prensa para anunciar victorioso y resignado a la vez, que José López Portillo, Presidente de México, lo había nombrado como nuevo embajador de México en España tras la muerte de Francisco Franco. Cuentan (los que saben) que lo primero que hizo el ex presidente antes de empezar su comparecencia ante los medios, fue exigir que se cerraran todas las persianas y cortinas de la habitación. Que no hubiera una sola rendija por la que se pudiera ver hacia el exterior. Afuera del recinto de la Secretaría de Relaciones Exteriores donde Díaz Ordaz anunciaba su nombramiento como embajador, descansaba tranquila y pacífica la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Nueve años atrás, en ese mismo escenario, Gustavo Díaz Ordaz, como Presidente de la República Mexicana, había sido el principal responsable de uno de los episodios más terroríficos e indignantes en la historia de este país.

Como era de esperarse, aquel día Díaz Ordaz fue cuestionado sobre la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968. El cinismo del ex presidente fue pletórico: “No fueron centenares de muertos. Hubo algunos, no centenares. Tengo entendido que no pasaron de los treinta y no llegaron a los cuarenta. El dos de octubre no ensombreció a México, ensombreció a unos cuantos hogares mexicanos”.

Días después Díaz Ordaz llamó al recién promovido arzobispo de México, Ernesto Corripio Ahumada, y fue a verlo en su casa en Tepepan. La referencia a Luís Echeverría, quien fuera Secretario de Gobernación en 1968 y Presidente de México de 1970 a 1976, era obligada: “Ese hijo de la chingada no es mi amigo: yo acepté la responsabilidad por Tlatelolco, pero nunca la culpa. La culpa fue de todos, hasta de Agustín Yáñez, que tenía que haber hecho algo desde la Secretaría de Educación. Y luego Echeverría hace un minuto de silencio “por los caídos”. Antes, como presidente, yo había salvado a México. Hoy soy el imbécil, el ratero, el asesino.”

El dos de octubre de 1968 marcó a este país de por vida. Muy pocos saben el motivo sin embargo, todos nos esforzamos por dejar claro que el dos de octubre no se olvida. Pero, ¿qué es realmente eso que no olvidamos? La cifra de muertos a manos del ejército mexicano no la podemos olvidar por que, nunca la supimos. El motivo del movimiento estudiantil no lo podemos olvidar por que, pocos son los que realmente lo conocen.

Entonces, ¿porqué nos esforzamos con tanto ímpetu en no olvidar el dos de octubre de 1968? ¿qué es eso que motiva a algunos jóvenes a salir a las calles cuando en 1968 sus padres tenían entre cinco y diez años? Es el cansancio y el hartazgo mal dirigido. Debemos recordar el dos de octubre como una fecha en la infamia de este país pero, lo que realmente tenemos que recordar, es la impunidad y la opresión propiciada por un partido que a falta de un año para las elecciones presidenciales del 2012, amenaza con paso firme con regresar a Los Pinos.

Desgraciadamente, el dos de octubre se ha convertido en el pretexto perfecto para que algunos jóvenes que se dicen universitarios, que se dicen indignados, que se dicen perredistas y que no pasan de ser lo que en España llaman gamberros, en Inglaterra hooligans y en México: porros miserables, armen desmanes y llamen la atención, al menos por 10 minutos (y no más) de los medios de comunicación.

Pues eso.