Gabriela Delgado

Todos estamos enterados del rumor de que los libros físicos están destinados a desaparecer, que las librerías van a quebrar, que el futuro, y presente, es el libro digital por antonomasia. ¿Cuál sería el costo o el beneficio si en verdad se cumplieran estas predicciones tan comentadas y criticadas hoy en día?

Hay tres posiciones frente a esto:

1)      Los que condenan definitivamente al libro tradicional, justificándose por el hecho de que el libro físico ya no tiene ningún sentido de ser comprado si se puede tener una biblioteca completa en un solo aparato más liviano, más cómodo y más práctico (además, tienen la excusa adicional de la conservación del medio ambiente sin el uso de tanto papel).

2)      Los románticos intelectuales que defienden al libro tradicional por su belleza, su olor, su arte, por la experiencia del contacto que genera únicamente un libro, sentimiento que vale más de 1000 libros electrónicos, algo que nunca tendrán y a lo cual el ser humano no está dispuesto a renunciar.

3)      Los que creen en la coexistencia de los dos, tomando una posición neutra desde el punto de vista de posibilidad de consumo entorno a una sociedad específica.

¿Quién tiene razón?

Roman Gubern, catedrático catalán, en su libro Metamorfosis de la lectura (Anagrama, 2010) dice que tanto el cine como la música han sufrido una diversificación a causa de la evolución en los soportes y canales de los medios de comunicación, y el libro no es una excepción a este fenómeno. Para él, el libro tradicional ofrece atractivos que el e-book no tiene (defensa más que nada emocional), por lo que apoya la vigencia de éste, aunque condena a los libros de referencia, enciclopedias y prontuarios  a un destino en el <<ciberespacio>>.

Tomando en cuenta esta posición, el libro, por lógica, sufrirá —bueno, está sufriendo— una transformación radical hacia los soportes electrónicos como consecuencia de la era digital en la que vivimos. Además, las nuevas generaciones, llamadas por Gubern <<nativos digitales>>, están cada vez más familiarizadas con pantallas que con lo análogo. Pero, ¿debemos dar por hecho, entonces, la condena del libro a una extinción definitiva? Yo creo que no. Aunque el e-book, así como internet, tienen la característica de ofrecer más por menos (más información por menos tiempo y dinero), lo digital elimina 2 cosas que lo análogo mantiene: la calidad tanto informativa como de presentación del libro, pues internet no ofrece ni un diseño creativamente elaborado ni una certeza de veracidad en la información tan alta; ni el contacto directo del hombre con la historia que otorga el libro: un encuentro emocional directo entre lector y obra, cuando el e-book marca una barrera.

Yo, por ende, me declaro parte del segundo y tercer grupo: creo en el mantenimiento del libro por razones afectivas, pues no tiene nada de romántico leer a Madame Bovary sin poder pasar la página,  y, consecuentemente, creo en la posible coexistencia a largo plazo del libro tradicional y el digital. Además, ¿quién es capaz de leer completo Ana Karenina en una pantalla?