Por Rodrigo Alagón

 

 

 

 

 

 

El presente artículo se inspira en el último libro, Ill Fares The Land, del recientemente fallecido profesor emérito en estudios europeos para la Universidad de Nueva York, Tony Judt. 

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el orden mundial había cambiado. Los gobiernos de los países occidentales entendían que el poder desmedido en manos de unos pocos podría llevar a la humanidad al borde de su destrucción. A la par de esto, los gobiernos se volcaron más hacia sus propios pueblos en busca de ofrecerles una mayor seguridad, salud, educación y mejores prospectos económicos.  La sociedad civil de los Estados occidentales, más en concreto de Estados Unidos y Europa occidental, estaba consciente de su papel en el nuevo orden y ésta se entendía como un ente en busca de intereses comunes, al menos en situaciones esenciales. 

Recientemente, sin embargo, se puede palpar un descontento general de la sociedad mundial. Hay un desencantamiento general del pueblo con sus gobiernos, sus instituciones y del status quo  en general. ¿Qué es lo que ha pasado entonces, en dónde quedó aquel espíritu colectivo que durante tanto tiempo impulsó el crecimiento económico y el bienestar general? A esta respuesta, el libro de Tony Judt ofrece interesantes respuestas.

 En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el mundo en su conjunto debía escoger un rumbo. Después del sufrimiento de muchos pueblos y la devastación de numerosas ciudades, la solución lógica y humana que se buscó fue la del Estado de bienestar social. Esto es decir, el Estado buscaba proveer un bienestar mínimo que pudiera mantener un estándar de vida de sus habitantes mejor que en los años de la guerra e incluso que el de los años anteriores. Dicho bienestar incluía una pensión vitalicia una vez retirado el trabajador, seguro médico para el total de la población y la provisión de numerosos servicios, en general, gratuitos. Los servicios eran exigidos por una población que anhelaba un cambio substancial y la élite política, espantada por sus propios excesos, estaba dispuesta a concederlos.

 Este modelo que hizo florecer a los partidos social demócratas en las dos décadas subsiguientes a la Segunda Guerra Mundial, comenzó a encontrar dificultades en la década de los 60. La generación nacida en los años de la posguerra desconocía los horrores o los tomaba como algo ajeno. El mundo era distinto a sus ojos. La época de la economía Keynesiana de control estatal llegaba a su fin y los llamados Chicago Boys que argumentaban por una liberalización económica sustancial, adquirían adeptos. Partidos de derecha comenzaron a florecer debido a la seducción que ofrecían sus ideas de laissez-faire y especialmente a que la caída del comunismo, la contrarrevolución más importante del siglo, llegaba a su fin en la década de los 80. El culto a la propiedad privada comienza su corrosión del Estado de bienestar. 

La idea de que el Estado debe de proveer por la salud, seguridad, y jubilaciones de la sociedad en su total, comienza a ser vista como exageradamente costosa. La supervivencia parece nuevamente estar sujeta a la ley del más fuerte. La justicia toma otro concepto y el anhelo general ya no es la seguridad, paz y salud para todos, sino el enriquecimiento individual.  

El Estado ha perdido su rumbo. El Estado ha pasado a relegar actividades a la industria privada, quien ahora las maneja, sin hacerlo por el bien popular. A este fenómeno, se añade la individualización progresiva que se ha apoderado sobre el espíritu colectivo. De acuerdo con el autor, parte de dicha individualización se derivó de movimientos sociales que surgieron a raíz de abusos del Estado en todos los sentidos, bélicos, de corrupción, de libertades individuales y un recuento más. Ejemplos de esto son los movimientos estudiantiles de finales de los 60 y las protestas a favor de la paz durante la década de los 70 del siglo XX. La sociedad y sobre todo la juventud luchaba por la disminución del poder estatal y abogaban por un mundo libre. Sin embargo, a pesar de que la causa era noble y justa, la libertad que buscaban dichos movimientos era individual, no de la sociedad en su conjunto. Buscaban la libertad de expresión, la no intromisión del Estado y el derecho a llevar una vida sin injerencias de ningún tipo ni por parte de nadie. Eran los años de la anti-política. 

El resultado entonces de estos factores, el triunfo del capitalismo y las consiguientes privatizaciones, sumado al espíritu individual que cobraba fuerza, llevó a que la sociedad se volviera más injusta, inequitativa y más insegura. El Estado de bienestar, dice el autor, ha pasado a ser visto como algo que el gobierno ya no debe de proveer más. Si se desea algo, entiéndase bienes primarios o necesarios, se debe pagar por ellos. Si no se tienen los recursos, uno se vuelve un relegado de lo que la sociedad considera personas productivas. Se estigmatiza y se convierte en una carga para la sociedad. El espíritu emprendedor que caracteriza a las economías emergentes y desarrolladas busca sacar el provecho económico de absolutamente todo. Esto propicia que se dejen de hacer obras de infraestructura o inversiones necesarias solamente porque no representan ganancia económica. 

Las generaciones jóvenes de hoy en día saben que algo va mal, sin embargo hay un velo que impide ver y que confunde a los jóvenes. Lo importante es tener una visión clara de lo que sucede. La solución se puede alcanzar dentro de nuestro idioma político existente y modelos concebidos, o sea una economía abierta y global, según Judt. La izquierda, en específico los partidos social demócratas pueden ofrecer una respuesta adecuada. El hecho es que no han sabido expresar el sentimiento general.

 A diferencia de los comunistas, los social demócratas reconocen la necesidad de un sistema abierto y competitivo. No obstante, éste debe ser regulado para que no se cometan excesos ni abusos por parte de los menos, en deterioro de la mayoría. La izquierda Social Demócrata debe proveer los servicios básicos de manera gratuita para el total de la población sin que los receptores sean estigmatizados. La definición de lo que es útil debe ser redefinida, dejando de ser individual. El bienestar debe incluir a las generaciones posteriores, no ser visto como un privilegio inmediato. Inversiones a largo plazo deben ser hechas para el bienestar general. 

Si no tenemos un discurso diferente, es imposible llegar a pensar de otro modo. El debate político de hoy en día ha perdido su cualidad de discutir lo ético y lo ha abandonado por la utilitario. La sociedad civil, en especial a los jóvenes, les resulta cada vez más difícil identificarse con un lenguaje desprovisto de sentimientos. Como resultado de esto, los jóvenes se sienten perdidos y desencantados. 

Estas condiciones pueden ser reincorporadas al debate por una izquierda más justa e incluyente que ofrezca respuestas dentro del mundo que vivimos sin plantear un cambio radical. La época de las revoluciones ha muerto, sin embargo, si no tomamos otro rumbo, los próximos movimientos de descontento social serán inevitables. Ésta es la realidad que debe ser vista por los jóvenes de hoy en día.