Por Gabriela Delgado

 

 

 

 

 

 

La relación entre los conceptos laboral y ocio han cambiado drásticamente desde su implemento en la sociedad. Antes de la Revolución Industrial, este último término no existía. Por lógica, se trabajaba de día y se dormía de noche. Fue a partir de esta revolución que se implanta la división entre horas laborales y tiempo de ocio, el cual equivalía a descanso y tiempo en familia. Este significado ha cambiado drásticamente a lo largo del tiempo; ahora es completamente diferente.

Estamos rodeados de tantas diversificaciones en cuanto a entretenimiento ­­­­–cine, shows, espectáculos, bares, restaurantes, entre muchos otros– que nuestro espacio y tiempo de ocio está completamente ocupado. Esta era del entretenimiento nos demanda ser activos: hay un desarrollo de un pensamiento de consumo constante que nos mantiene en un ciclo vicioso: conocer – consumir – pertenecer.

¿A qué me refiero? Hoy en día, la vida pública predomina sobre la privada. El hecho de asistir a eventos nos introduce en la sociedad, pues la gente nos ve en un mismo lugar que ellos. Aún cuando obtenemos un día libre de nuestras labores cotidianas, buscamos algo que hacer fuera de casa y a alguien con quien hacerlo, lo cual conlleva a un segundo punto: el mundo del entretenimiento y los medios masivos de comunicación han hecho que el ser humano no sepa estar solo. La compañía es fundamental para sentirse parte de la sociedad y poder disfrutar de lo que ésta nos ofrece. ¿Cuántas personas en realidad son capaces de ir al cine solas? Y es precisamente esta idea de soledad lo que conlleva a un pensamiento posmoderno paradójico: el hombre busca la individualidad, quiere sentirse independiente y actuar diferente a los demás, pero lo cierto es que cada vez estamos más inmersos en el pensamiento y acto colectivo. Ninguna de nuestras decisiones son tomadas en realidad por nosotros mismos, sino a partir de lo que sucede a nuestro alrededor. El individualismo es sólo un ideal promovido por la industria cultural y el consumismo a mediados del siglo XXI como estrategia de alienación. En pocas palabras, creemos ser individuales, pero nos regimos por lo colectivo. Un ejemplo clarísimo, tal vez un poco extremista pero cierto, es la película The Wall, de Pink Floyd. Ésta, dirigida por el británico Alan Parker, escrita por el vocalista del grupo, Roger Waters, y basada en el álbum del mismo nombre, el cual muestra tanto la construcción como destrucción de una pared metafórica: la alienación o enajenación, pérdida del sentimiento de la propia identidad a causa de otra persona u organización. Es la idea de sentirse desorientado socialmente lo que conlleva al individuo a dejarse llevar por la sociedad. Tal vez seamos un poco más libres de lo que se representa en esta película, pero ejemplifica perfectamente cómo el mundo capitalista nos consume como individuos a su favor. A fin de cuentas, lo importante es consumir y ganar para ser exitosos en nuestras vidas.

EL mundo del entretenimiento tiene acaparado a nuestro tiempo libre. Ser social es ser parte del mundo. La globalización y el capitalismo han hecho de nuestra vida cotidiana un ciclo vicioso de consumo del cual es extremadamente difícil escapar. Desde el colegio en el que estudiamos hasta un destino específico para un viaje especial son decisiones que tomamos influenciadas por lo que piensan, dicen o han vivido los demás. En nuestro mundo actual, participar es ser.