Por Sergio Meana Aguilera 

Los esfuerzos de las mujeres revolucionarias de los años cincuenta y sesenta por tener trabajos –primero- y trabajos igualmente pagados –después- ha sido bien recibido por las generaciones actuales, sin embargo, mal fundado. El feminismo tiene un craso error, pues trata, en esencia, de masculinizar a la mujer. Éste es el error más grande del mundo.

 

 ¿A qué sociedad demoníaca se le ocurrió apartarlas del voto democrático, de la entrada a restaurantes y de formar parte de la vida pública?, ¿Quién pensó que era buena idea dejarlas relegadas en el hogar para el “quehacer” y cuidar a los niños? 

 

Las campañas publicitarias -que más que anuncios son formas de destacar la identidad- marcan estas diferencias. Los productos de limpieza están dirigidos a la mujer, el anuncio típico es una casa reluciente que la mujer ha limpiado, mientras el otro hombre trabajaba arduamente, ¿ha visto que sea al revés? Las campañas publicitarias podrían hacer énfasis en que son productos familiares y para la casa, no para la mujer.  

 

Dejando de lado la crítica y para destacar algo bueno cabe mencionar la tendencia del “home-office” en el que a través de la tecnología se pude trabajar desde casa. Ese sí ha sido un logro del feminismo bien entendido: las mujeres son diferentes con necesidades distintas y horarios atípicos (porque lo típico es lo que decidió el hombre industrializado del siglo pasado).

 

 Las magnolias de acero como las definió Germán Dehesa no tienen nada que hacer tratándose de parecer al hombre. Las mujeres son completamente diferentes: más inteligentes, más fuertes, más sensibles, mucho más bonitas y definitivamente mucho más cercanas a la perfección. Quizá el término fuertes cause problema al lector, especialmente si es hombre como el autor, pero entiéndase que es fortaleza mental y capacidad de aguantar dolor, no fuerza física; aunque en ocasiones esta fortaleza interior pueda ser más grande que cualquier músculo. 

 

Como sociedad, nos hemos equivocado muchas veces, incluso en el centro de la sociedad. Desde los griegos con su sociedad politeísta y los romanos con centro en el Emperador, pasando por la Edad Media cuyo centro era un dios-todopoderoso, -a quien Nietzshe mató- para darle entrada a los ilustrados cuyo centro era la razón y lo lógico, hasta los modernos donde cabía cualquier idea bajo la irracionalidad -donde Hitler y Mussolini fundaron sus discursos-, que ya vimos que tampoco funcionan, hasta llegar a hoy: la post-modernidad donde ni centro, ni valores tenemos. Repito, nos hemos equivocado, pero nunca ningún error ha sido tan grave como el dejar relegada a la mujer.  

 

A lo mejor sucede que las sociedades que estuvieron antes que nosotros no estaban tan mal. Quizá ellos con su gran sabiduría conocían las capacidades de la mujer y con fuerza lograron engañarlas y hacerlas ver que no tenían lugar en la sociedad, pues sin ellas iban a estar por arriba del hombre por siempre. Lástima que ya se dieron cuenta. 

 

Algunas prácticas de estas sociedades antiguas siguen siendo fructíferas para el género masculino, definitivamente no para la sociedad. Por ejemplo, dejar que ocho mujeres fueran inicialmente legisladoras (por la cuota de género que se tiene que cubrir en el Senado mexicano) para luego ser reemplazadas por ocho hombres que ni siquiera asisten a las sesiones del Congreso. ¡Eso es saber burlar las cuotas de género! Note también, que en los 31 estados de la República mexicana sólo hay 1 gobernadora: Ivonne Aracelly Ortega, de Yucatán. Esto habla de que a los hombres aún nos queda cierta fuerza, pero sepa que está por terminar el reinado machista

 

 Si usted es varón preocúpese, agarre lo vital: el aceite del coche, su playera del América, y si tiene mucha suerte el control de la tele, cualquier otro control es posible que lo pierda. Sería ideal, más bien utópico, el encontrar la línea de la mal llamada igualdad, debe ser equidad (pues no puede y no debe de haber igualdad entre hombres y mujeres) y posicionar a la sociedad sobre esa línea. Sin embargo, esto no es posible. Sería encontrar el justo medio del que habló Aristóteles. Sería perfecto, por lo tanto, irrealizable.