Alejandro Alfonso Galeano 

 

 

 

 

 

 

Partido de la Revolución Democrática. 

El pasado martes primero de noviembre, la periodista Carmen Aristegui, en su programa de noticias matutino, entrevistó al Jefe de Gobierno del Distrito Federal y precandidato presidencial por el PRD (sí, las dos cosas), Marcelo Ebrard Casaubón. Los temas fueron los evidentes: seguridad, Andrés Manuel López Obrador, IFE, Andrés Manuel López Obrador, PRD y partidos de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, debates (o falta de estos) y, política en general. ¿Ya dije Andrés Manuel López Obrador?

 Durante la entrevista, Aristegui cuestionó (entre otras cosas) al Jefe de Gobierno/precandidato/tercer esposo sobre las elecciones internas del PRD. La respuesta del Marcelo Ebrard fue sorprendente: “Da la impresión de que al PRD las elecciones internas nunca le salen bien”. Y sí, señor Ebrard, está usted en lo correcto, esa impresión (y peores impresiones me dan a mi) es la que da. 

El PRD nació bajo un clima político muy complicado. En 1989 el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, después de las “elecciones” presidenciales de 1988 que dieran como “ganador” al priista Carlos Salinas de Gortari, fundó el Partido de la Revolución Democrática. Desde entonces, pareciera que los integrantes del PRD han entendido que la identidad revolucionaria, izquierdista y democrática del partido, debe interpretarse como: pegar de gritos hasta que, aunque sea por hartazgo, alguien los mande callar.

 El PRD ha adoptado una figura que, en lo personal, me parece despreciable: la eterna víctima. Se esfuerzan en transmitir la sensación de grupo marginado, atacado e incomprendido y pareciera que su única misión política, es impugnar absolutamente todo lo que se decida en su contra. Se han convertido en un partido promotor de figuras impresentables como: el rijoso Gerardo Fernández Noroña (Partido del Trabajo); Dolores Padierna y su “liguero” esposo, René Bejarano; y el narco – diputado Julio César Godoy Toscano. Dos de las cuatro entidades en donde ocupan la titularidad del poder ejecutivo, presentan índices en materia de inseguridad realmente preocupantes (Guerrero y Michoacán). 

En resumen, el PRD se fundó con la intención de ser un partido de esencia realmente democrática, que fungiera como un partido de oposición integral y que, con el tiempo fuera ocupando lugares cada vez más significativos en la vida política del país. Y no podemos decir que el PRD haya fracasado por completo en sus objetivos. Desde el año 1989 y hasta el 2006, significó una tercera fuerza política (y en muchas ocasiones segunda) que equilibraba las corrientes derechistas del PRI y PAN.

 Entonces llegaron las elecciones presidenciales del 2006. El candidato del PRD y de los partidos de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, partía como el amplio favorito para ser el sucesor presidencial del panista Vicente Fox. Durante el transcurso de la campaña, el candidato perredista se dedicó a radicalizar su discurso hasta que logró una polarización sin precedentes en una elección presidencial en México. La cuestión no era si se debía votar por el PAN, PRD o PRI. La cuestión era, ¿Obrador sí u, Obrador no? Ganó el no. Y fue cuando el PRD se perdió en la aparente locura de un candidato que, comenzó siendo un posible estadista, y acabó como un verdadero ególatra. 

A menos de un año para la elección presidencial del 2012, el PRD es último en todo. La mayoría de las encuestas los ubican con un amplio margen en tercer lugar como partido sin candidatos y el margen se acentúa cuando se compara a los precandidatos de cabeza de los tres partidos. Son la tercera fuerza en el Congreso de la Unión y únicamente gobiernan 4 de las 32 entidades de México (están cerca de perder Michoacán, pronto serán 3 de 32). Y la cosa se pone peor, en los próximos días deberán decidir si el candidato presidencial será Marcelo Ebrard Casaubón o Andrés Manuel López Obrador. Va para largo. Por lo pronto se me vienen a la mente aquéllas palabras de Germán Dehesa: Mejor batirse en retirada, que retirarse batido.

 Pues eso.