Rodrigo Alagón

 

 

 

 

 

Para el año de 1970, México había experimentado dos décadas de crecimiento sostenido en lo que se llegó a conocer como “desarrollo estabilizador”. En estos primeros años de aquella década, México atravesaba por un momento de notoria importancia en el concierto internacional de las naciones. A pesar de que la clase política era blanco constante de duras críticas por su falta de apertura democrática, el país en su conjunto era visto como una nación líder dentro de los Estados conocidos en ese entonces como tercer mundistas, en el camino al desarrollo. En 1970, México era la sede por segunda vez en dos años de una justa deportiva internacional. En el año de 1968, México fue el primer país de América Latina en ser el anfitrión de los Juegos Olímpicos, dos años más tarde tuvo lugar en el país la Copa Mundial de futbol. Claramente, el hecho de que México fuera el primer país de América Latina en auspiciar los Juegos Olímpicos y que tan solamente dos años más tarde hiciera lo mismo con el Mundial de futbol, refleja la relevancia que México gozaba como nación emergente ante el mundo entero.

Parte de esta importancia fue adquirida gracias a las negociaciones en materia de no proliferación de armas de destrucción masiva. México fue el miembro fundador y el poseedor del documento a la fecha, del Tratado de No Proliferación de Armas, también conocido como tratado de Tlatelolco, firmado éste en 1967 durante la administración del presidente Gustavo Díaz Ordaz. El tratado de Tlatelolco, si bien no acabó con las armas de destrucción masiva, sí disuadió a varios países de intentar obtenerlas y logró que éstas fueran repudiadas por la mayoría de las naciones. El papel de México como creador de dicho tratado fue conocido por el mundo entero. México se había convertido en el país que hablaba por los intereses de las naciones en desarrollo ante la ONU, y un ejemplo a seguir en materia de crecimiento económico.

Sin embargo, la ilusión de que México se convertiría en un país que pudiera sacar adelante sus muchos y aun agudos problemas duraría por un tiempo limitado. La relevancia de México como uno de los países emergentes más importantes del sistema internacional comenzaría su decaimiento en el sexenio del presidente José López Portillo.

 El gobierno de López Portillo, alentado por los descubrimientos de campos petrolíferos en la región del sureste, metió a la administración en una espiral de gastos sustentada por papel moneda recién impreso, llevando a una insólita inflación del 98.85% en 1982[1]. El déficit público aumentó de un 5.18% del PIB a comienzos de la década de los 80, a 14. 42% del PIB a finales de su sexenio[2]. El gobierno de López Portillo creía que se podía inyectar dinero indiscriminadamente a la economía nacional. Es por ello que los salarios mínimos aumentaban de forma arbitraria, por decreto, y se imprimía más papel moneda según la necesidad. El efecto de dicho dispendio fue el origen de una disparidad enorme del peso en relación al dólar. El fin del desarrollo estabilizador había llegado de manera abrupta, poniendo fin a los años en los que se creía que México solamente podía ir hacia delante en su camino al desarrollo.

 

En estos momentos, Brasil parece estar atravesando por un momento similar al que experimento México en el periodo conocido como “desarrollo estabilizador”. Brasil es hoy en día el país de América Latina, junto con Chile y Perú, en tener las tasas de crecimiento más elevadas. La diferencia entre Brasil y los otros dos países anteriormente mencionados es que Brasil, como México en el pasado, ha despertado enormes expectativas ante el mundo entero. Brasil ha atraído importantes cantidades de inversión extranjera directa y ha logrado posicionarse como un país que se perfila para un crecimiento sostenido. De ahí que Brasil figure en el acrónimo “BRIC”.

 

No obstante, a Brasil aún le quedan muchos retos por superar, siendo algunos de ellos la inflación creciente provocada por el influjo de dinero extranjero, la sobrevaluación del real, su moneda, y la aún perene pobreza. Brasil está atravesando una época sin precedentes en las que el mundo entero está atento a sus movimientos. El tiempo será el encargado en decir si Brasil sabrá manejar mejor que México las altas expectativas que en él residen. De su clase política y sus ciudadanos depende si pasan a la historia como el país que vislumbró el sueño pero no lo pudo hacer suyo, o el país que dejó atrás gran parte de su atraso gracias a una buena administración, sinergia entre sus distintos actores y claro está, un poco de suerte.

 


[1] http://www.mexicomaxico.org

 

[2] ibídem