Por Sergio Meana Aguilera

 

 

 

 

 

Escribir de las águilas en este particular momento del tiempo está francamente complicado, ni haciendo una alianza con Elba Esther Gordillo es posible defender a este equipo del futbol mexicano. Será más prudente, definitivamente, hablar del águila del escudo nacional de ese país que es México. Observe bien este particular emblema: No es un águila abrazando a una serpiente, no es un águila acechando a una serpiente, no es un águila mirando a una serpiente. Es un águila devorándose a una serpiente. Sí, la devora.

Esa batalla entre el águila y la serpiente es una fotografía de la idiosincrasia mexicana. Como todo en México, se entiende el concepto de batalla de una manera muy particular: es una violencia educada. Una de las más famosas fábulas de la cultura azteca cuenta que el águila “para subir al nopal pidió permiso primero”. Hoy, en el país de la narcoviolencia se pide permiso para bajar de un elevador…  ah, sí, también para subir: “Con permiso, perdón, con permisito”. Con su permiso o sin él, ahí le van tres ejemplos de batallas mexicanas que pueden ayudar a ilustrar el sui géneris reto de ser mexicano.

El descendiente de Moctezuma es, históricamente, guadalupano, pero antes es un milagro. Al observar la manera en que estaba conformada la Nueva España es prácticamente imposible explicar cómo es que todas esas comunidades y civilizaciones tan distintas que tuvieron tantas y tan sangrientas pero, eso sí, educadas luchas, hoy forman un país. De Quintana Roo a Baja California, de Chihuahua a Oaxaca y de Veracruz a Sinaloa había diferencias tan grandes y tan fuertes que de haber juntado las comunidades en una reunión, ni un perredista hubiera logrado la misma cantidad de problemas. Es más, algunos de los estados (Yucatán, Chiapas) no eran parte de México originalmente; otras entidades fueron “vendidas” hasta llegar a la región que hoy comprende a México. Precisamente, la morenita del Tepeyac fue quien le dio identidad a esa diversidad de grupos luchones, a los que les decían criollos, pero, ¿qué tenía que ver un huasteco potosino con un mixteco de Oaxaca? Sólo la Virgen.

Otro ejemplo lo da Octavio Paz en su libro Laberintos de Soledad. Dentro de las atinadísimas observaciones que hace de la “mexicanidad”, observa una en la que también coincide Mario Moreno “Cantinflas”, de hecho, es el mismo cantinfleo, o el cantinfleo mismo. Esa forma de hablar que tiene el mexicano en donde lucha con la definición del objeto, deslizándose sobre su esencia, pero sin llegar a ella, se llama cantinfleo. A pesar de que en esta lucha no se gana, el mexicano persevera y no pierde las ganas de seguir batallando. A medida que pasa el tiempo se aleja más de la definición, pero mantiene la ilusión de que en algún momento le va a atinar a la palabra adecuada. Este proceso puede llegar a durar un rato largo, que se hace más largo para el que está escuchando. Esa batalla tan curiosa y constante del mexicano con el idioma que impusieron los ibéricos forma parte esencial de sus características.

La más famosa de todas las guerras mexicanas es la Revolución. Estudiada por el mundo entero, pero específicamente por los franceses, quienes algo saben de revoluciones, ha sido la batalla que definió en buena parte el porvenir político mexicano (para más, véase el artículo Tabús Políticos de Arturo Castellanos). Un personaje que puede ilustrar al mexicano en sus guerras es Francisco “Pancho” Villa. Él era lo que se conoce comúnmente como “güero de rancho”: quemado por el sol, pero blanco si uno le pudiera rasurar los bigotes. De acuerdo con Paco Ignacio Taibo II, un verdadero experto en la Revolución, este singular individuo que se asemeja más a un pistolero del viejo oeste que a un campesino del centro de la República era un asiduo consumidor de malteadas de fresa. Ese encanto por el helado batido con leche denota una fuerte crisis de identidad. Es decir, que sentía los valores revolucionarios en el pecho, y luchaba por los derechos de los campesinos del centro, pero se daba unos buenos festines de color rosa del otro lado del río.

Este inequiparable individuo es el prototipo del regio de hoy. El regio es ése que lucha constantemente con el chilango (el oriundo del Distrito Federal) y para demostrarlo pone espectaculares en Gonzalitos, una de las principales avenidas de Monterrey, con la leyenda “Vamos Regios, podemos más que los chilangos”, es aquél que se pone la playera de la selección con fervor, pero que prefiere comer “hochos” a tacos, es ése que odia todo lo que está al sur de Saltillo, pero también, es aquel que jala fuerte en ese horrible clima desértico, que en medio de las montañas produce más que Uruguay, siendo una sola ciudad y también es aquel que no ve para abajo sino para arriba, pero que esta inevitablemente con una crisis de identidad. Es el mismo Villa, que era de Chihuahua, pero que representa al norte.

En el país donde el águila se zampó a la víbora, las luchas son constantes y marcan una forma de ser, de vivir y de actuar. La historia de este milagro de nación ha heredado una compleja mezcolanza de características individuales y colectivas que han puesto al país en un punto crítico históricamente. La revista Nexos en su portada de Noviembre publicó como encabezado “Nuestra Guerra” con una foto de una familia cuyos miembros portan un casco.

¿Será nuestra guerra?