Por Sergio Meana

 

 

 

 

 

 

La realidad es experta en símbolos, aunque no alcanzo a entender qué puede simbolizar la increíble simetría de que este gobierno haya perdido dos secretarios de Gobernación en accidentes aéreos, y un tercero en el gobierno panista anterior.” Héctor Aguilar Camín

El tema en realidad no es si hubo un atentado el 11 del 11 del 11 o no,  sino lo que piensa la gente. La verdad de lo que le sucedió ese viernes a José Francisco Blake Mora, quien fue Secretario de Gobernación, quedará en algún lugar desconocido, probablemente, entre el mito y la versión oficial; entre la leyenda y la tragedia.

             El consenso popular mexicano, que muchas veces carece de pruebas, es más válido que las teorías de expertos americanos, franceses y mexicanos, que las investigaciones de reporteros, historiadores, periodistas y hasta expertos en aeronáutica. Estas teorías populares no necesitan ser validadas por nada ni por nadie, pues son “teoremas” desde su concepción. 

No necesita pasar por ningún laboratorio la teoría de que el incidente en el que falleció Blake Mora y siete funcionarios más del Gobierno Federal fue venganza por la detención hace unas semanas de la mano derecha del “Chapo” (como se le conoce popularmente), pues ya ha pasado a ser una verdad a voces. Esto ha sucedido en menos de unas horas, sin que importen los reportes oficiales, los peritajes, las condiciones del helicóptero Súper Puma que conducía el piloto Felipe Bacio Cortés, la navegabilidad, los rastros que quedaron en cerro del Ayaqueme, la capacitación de los pilotos o la comunicación con la torre de control. Es más, no sé para qué se hacen estos estudios si ya se decidió, popularmente (y vivimos en un sistema democrático), que no hay forma de que esto haya sido un accidente y, no sólo eso, sino también se encontró por un extraña relación (que espero que alguien me la explique) que el incidente ocurrido hace tres años, donde murió Juan Camilo Mouriño, fue un atentado.

 Para los diarios importantes del país las decisiones editoriales en este tipo de temas han sido durísimas. Entiéndase que la base del negocio periodístico es la credibilidad: sin ésta, no hay negocio. “La credibilidad cuesta y cuesta caro y cuesta sacrificios”, me dijo Alejandro Junco de la Vega, Presidente y director general de Grupo Reforma, cuando le pregunté por qué ya no vivía en México. 

Hay un riesgo alto en decir información contraria a las creencias populares, no sólo en los medios –históricamente, recuerde a las brujas quemadas, a Galileo, a Thomas Alba Edisson, o a cualquier otro “loco” de la época de su preferencia, clásico medieval o moderno–. El mismo riesgo existe para los periódicos: cuando les llamen locos serán quemados.

 En el momento en que la gente le deje de creer a Televisa, al Universal, Milenio, Excelsior, Reforma, La Jornada y un largo etcétera, se les acabo el negocio, a menos, claro, que lo que vendan no sea información verídica y se dediquen entonces a vender espacios para publicidad, algo así como Publimetro, que vende anuncios, no información. 

Me cuesta entonces pensar con claridad la otra teoría en la que me dicen “Oye, pero tu que trabajas en el Reforma, obviamente saben que fue un atentado, ¿verdad? Sólo que ni modo que lo digan” (algo parecido le  dijeron a Sergio Sarmiento, sólo que sus amigos son más decentes que los míos y supongo que varios reporteros). ¿Cómo que “ni modo que lo digamos”? Sin defender a ningún periódico en particular, imagínese el riesgo que correría algún medio que supiera que fue un atentado y no lo diga; con la cantidad de medios electrónicos que hay y la velocidad de Internet, seguro alguno se atreve a publicarlo y en ese momento el otro medio perdió la exclusiva, la credibilidad y probablemente el negocio entero.

 Los más felices en este panorama, por desgracia, son los delincuentes de los diferentes carteles del crimen organizado. Piénselo: si lo hicieron, ya dijeron que no lo hicieron y entonces no los van a perseguir y si no lo hicieron de todas formas se piensa que lo hicieron y tampoco los van a perseguir, porque ni modo que les imputen un crimen que no cometieron. “¡Vaya suerte de los que no se bañan!”, decía el refrán popular.