Por Rodrigo Alagón

 

 

 

 

 

En Europa el ambiente se siente enrarecido. Desde comienzos del verano del presente año, 2011, algo está preocupando a los habitantes del viejo continente. Mientras hordas de estudiantes salían de clases y se aprestaban para salir de vacaciones, los funcionarios públicos  de alto nivel debieron cancelar su anhelado descanso para combatir un algo, un algo que preocupa a todos pero que nadie sabe señalar a ciencia cierta qué es.  Así es como la tan esperada calurosa y soleada estación de este año transcurrió, asemejándose a aquel verano del 2008 lleno de temor, caos y desconfianza que se deja sentir por todos los confines de este planeta.

Europa atraviesa nuevamente una crisis financiera-política de dimensiones desproporcionadas y con repercusiones aún desconocidas pero que de ser las peores, podrían resultar en una reconfiguración del Status Quo europeo.

Los razones son variadas y la problemática se asemeja a una serpiente de cien cabezas.

En primer lugar está la crisis Griega. Verborrea en tinta que emana de cualquier periódico europeo y del mundo en general que tiene ya cansado a cualquier persona sensata.

 En segundo lugar está el riesgo de otros países no periféricos sino concéntricos de la Unión Europea. Tal es el caso de Italia y España. Por lo pronto, el coste de financiarse es el más grande en la historia reciente para España, Italia y ahora Francia quien a pesar de ser dirigida por un presidente hiperactivo y fuerte, está peor de lo que aparenta.

Mientras tanto, desde un lugar más seguro pero donde las luces del reflector dan de lleno, la toda poderosa canciller alemana batalla incesantemente para que su coalición, liderada por su partido los Cristianos Demócratas, obtenga la aprobación del Bundestag para seguir financiando el fondo de rescate europeo.

 Los alemanes se preguntan hasta cuando su gobierno tendrá que reparar los platos rotos de otros Estados. Los españoles se lamentan por el 40% de desempleo entre sus jóvenes. Los griegos se avergüenzan de ser la posible causa de la desintegración del Euro. Los ingleses prefieren observar desde afuera. Los franceses no quieren ver su orgullo de superpotencia mermado. Los italianos desean nunca llegar a extrañar a Berlusconi. Los portugueses e irlandeses suplican porque la tempestad pase. Por último, los países recientemente adheridos a la Unión Europea de Europa del Este se preguntan si en verdad hicieron bien en unirse ahora que la fiesta acabó y la resaca sobrevino.   

Pero la cosa no acaba aquí. Mientras Europa parece estar haciendo implosión, otras regiones del mundo parecen estar en efervescencia. Basta mirar a Túnez, a Egipto y a Libia, entre muchas otras. Jóvenes naciones que reflejan contrariamente lo opuesto a Europa, cansancio. Estas naciones están dispuestas a abrirse un camino propio que pueda permitirles alcanzar un cierto grado de desarrollo. Para lograrlo necesitan de apoyo más que bélico y diplomático, necesitan de socios comerciales. En las presentes circunstancias, Europa no parece ser la mejor de las opciones. A la par de estas naciones, tenemos a países en desarrollo que se molestan por la desaceleración europea y que comienzan a voltear hacia otros mercados que siguen creciendo, tales como el asiático y en menor medida el latinoamericano y africano.

En conjunto a la estanflación que sufre Europa está el factor demográfico. Europa ha dejado de ser el continente que concentraba el mayor número de habitantes hace ya bastante tiempo. Sin embargo, sus pocos más de 500 millones de pobladores aún la hacen uno de los mercados más atractivos. No obstante, para el  2015, cuando la población mundial se acerque a los 8 mil millones de habitantes, de cada 100 habitantes 20 serán chinos, 17 indios, 16 africanos y tan sólo 5 vendrán de Europa Occidental. Tal pareciera que la supremacía de Europa está llegando a un punto crítico.

Mientras el invierno se aproxima dejando atrás los días soleados que permiten un optimismo sustentado en ilusiones, la tarea se antoja difícil. La manera en la que cale el invierno este año dependerá de la habilidad o reticencia de los europeos por afrontar el cambio.

¿No dice Darwin que el más fuerte es simplemente el que se adapta?